Por Eduardo Castillo
-
Juan 3,16-18
| Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. |
“Te quiero mucho, mucho”, le decíamos a nuestras mamás cuando éramos chicos, entonces ella nos decía ¿Cuánto es mucho? Y buscando algo más concreto respondimos muchas veces “de aquí a las estrellas”, “la luna y el sol” o incluso íbamos más allá y nos atrevíamos a regalarle “todo el universo”…
Podemos examinar diferentes ámbitos de nuestra vida donde tenemos que demostrar nuestro cariño, nuestro afecto y el amor que sentimos hacia alguien y nos damos cuenta que nunca somos vagos en demostrar y explicitar esos sentimientos. La prueba más infalible se encuentra en el núcleo mismo de toda la sociedad: La familia.
Una madre o un padre es capaz de dar la vida por su hijo y nosotros a su vez somos capaces de dar nuestra vida por cualquier persona de nuestra familia. Es más, un ser humano que ama de todo corazón siempre entregará su vida por aquella persona que ama y representa la misma concreticidad que un niño posee regalándole “las estrellas” a su madre.
Dios justamente aquí nos muestra lo concreto también que puede llegar a ser para mostrarnos cuánto nos ama, de hecho es tan concreto que engendra a su único hijo para que el mundo se salve por él. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.
Dios conecta la naturaleza divina con la naturaleza humana por medio del Espíritu Santo engendrando a su único hijo amado. Su hijo Jesús también tuvo un acto concreto con toda la humanidad y ese acto concreto fue la cruz. Murió por amor, entregando su vida por nosotros, abriéndonos la puerta hacia la salvación.
Como cristianos debemos responderle a Dios de la misma manera, de forma concreta. No podemos ser vagos en nuestros sentimientos, el mundo necesita de actos concretos y para eso estamos como cevequianos, comprometidos con la sociedad, con un estilo de vida concreto y una opción fundamental por los más pobres.
Siendo concretos en el día a día, proponiéndonos metas claras podremos ir avanzado como comunidad en la construcción de ese reino que tanto añoramos, por el que tanto intentamos trabajar y dar a conocer. De esta forma llegará ese día donde podamos por fin regalarle literalmente al mundo “todas las estrellas del cielo”, como verdaderos niños de corazón, hermanos e hijos de un mismo Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo…
Por Pablo Romero sj
promerosj@gmail.com
-
Juan 20, 19-23
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. |
La sensatez tiene su valor. Principio de realidad, dirán los sicólogos. Ubicatex, las mamás. Prudencia, los abuelos.
Tiene que ver con hacerse cargo de lo que está pasando y calcular los riesgos de tomar tal o cual acción. “Hay que evaluarlo bien”. Nada se improvisa, todo muy medido, muy meditado. “No conviene salir afuera en estas circunstancias”, dirían los primeros cristianos.
El problema es que detrás de la sensatez o al menos del “discurso sobre lo sensato” suele estar el miedo gobernando. Miedo que puede ser sana expresión de una amenaza real pero que como criterio de acción es fácil presa de un espíritu inmovilizante que termina agrandando lo que pudo ser real.
Recuerden cuando niño los monstruos que nos imaginábamos acostados a los pies de la cama o detrás de las cortinas. Tres reacciones posibles: taparse entero para no ver lo que se ve; salir corriendo donde algún mayor cruzando el “callejón oscuro” que separaba las dos piezas; o tercero invocar al ángel de la guarda. El problema de la primera opción, la inmovilizante, era que el monstruo crecía, la imaginación volaba y teníamos al personaje a pocos centímetros de tu nariz ya sea con cuchillos, sogas o almohadas asfixiantes.
Cuando grande, aunque suelen provenir de amenazas más reales que los monstruos que nos imaginábamos cuando niños, nos cuesta reconocer los miedos y sin embargo nos dejamos fácilmente gobernar por ellos: Miedo a fracasar en los estudios, miedo a no ser el mejor, miedo a la falta de reconocimiento, miedo a la muerte, miedo al qué dirán, miedo a pasar frío, hambre, sueño, calor, fiebre, miedo a la soledad, a que te dejen… A cada uno le aprieta el zapato en distintos lados.
La sensatez aquí sirve más bien como discurso para tapar estos miedos.
“Estaban los discípulos en una casa encerrados por miedo a los judíos”. La persecución era real probablemente. “No nos arriesguemos”, diría Pedro, Santiago y Juan.
Pero Jesús y el Espíritu Santo no pecan de sensatez: “Paz a ustedes”. La paz que quita los temores, que relativiza nuestras ansiedades, que pone en su lugar a los fantasmas que nos persiguen. Paz que hace recuperar la alegría. El encuentro con Jesús resucitado nos libera.
Y ahora viene la verdadera sensatez… Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: - «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos.»
Reciban y Vayan. ¿Y los que nos persiguen? Vayan. Libres para servir. Libres de ataduras de clases, libres de comodidades, libres de las ansias de reconocimiento e influencia, libres del miedo a la muerte y a la vida.
¿Mucho? Es gracia. El Espíritu es regalo. ¡Qué venga!