Por Andrea Fischer
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Juan 14, 15-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»
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Hace algunos años, en una universidad de Santiago trabajaba en la fotocopiadora un hombre apodado “El Piti”. Su sobrenombre se debía a que usaba unos lentes muy gruesos, y aún con ellos debía mirar cada papel a fotocopiar a literalmente 2cm. de distancia para poder reconocerlos. Trabajaba diariamente con gran esfuerzo, memorizando la ubicación de cada papel, utilizando el sentido del tacto y observando con cautela y paciencia cada hoja.
Un día el “Piti” llegó con nuevos lentes, esta vez muy delgados y ahora miraba los papeles a unos 25cm. de distancia. Con curiosidad me acerqué y le pregunté qué había hecho. Él me comentó que un alumno de la universidad, cansado de verlo trabajar así, había mandado a su padre que era oculista para ofrecerle una operación, y que luego de mucho tiempo de resistirse, por temor, había aceptado la oferta. Luego me comentó lo arrepentido que estaba de haber dejado pasar tanto tiempo antes de operarse, pues ahora que sabía lo que era ver se sentía renovado y lleno de vida.
Así como el “Piti” hay muchas personas en el mundo que podrían sentirse llenos de amor y vida al “conocer y recibir la verdad”, pero sin embargo la ceguera les impide salir del temor e incertidumbre. En el evangelio Jesús se nos muestra como esa milagrosa operación, que al aceptarla esclarece de tal manera nuestras vistas que nos permite reconocerlo, incluso en nosotros mismos.
“Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes si me verán” Por lo mismo la invitación como cevequianos es a compadecerse y comprometerse con las muchas cegueras que vemos a diario, y así como ese universitario podamos difundir y ofrecer esta “Operación” que nos renueva, llena de vida y permanece días tras día con nosotros y en nosotros.
Por Juan Cristóbal Pasini, SJ
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Juan 10, 1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús: -”Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mi son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.”
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Hace años atrás, fui a visitar a una señora que vivía en una comunidad indígena muy cerca de Tirúa.
Después de una larga conversa, ella se levantó de la mesa y, como queriendo jugar, me pidió que haga entrar sus ovejas al corral. Por más esfuerzo que puse, no pude hacerlo. Ella, entre risas, dio un chiflido y en unos segundos, tenía a todas las ovejas en el corral. Ella se seguía riendo, y yo me quedé pensando en lo que había pasado: las ovejas sabían perfectamente a quién tenían que reconocer.
Esta señora hacía esta rutina todos los días, porque sabía que sus ovejas no estaban seguras durmiendo fuera del corral: se podían perder, se las podían comer los perros o los pumas, etc.
En este Evangelio, Jesús se muestra como el pastor. Al pasar por esta puerta, no podemos encontrar otra cosa sino seguridad. Sin embargo, el poder reconocer su voz es una gracia… un don.
Bien sabemos que el mal espíritu está proponiendo constantemente planes que nos distraen de la seguridad que nos promete Jesús, y permanentemente está “chifleando” para ver si nos equivocamos y caemos en su juego.
Como cevequianos tenemos una gran cantidad de herramientas que surgen a partir de la experiencia de los Ejercicios Espirituales. El vivir esta experiencia, nos ayuda a ir enfrentando la vida desde una actitud de discernimiento que nos permite escuchar con mayor claridad la voz del Buen Pastor.
No puede ser sino del Buen Espíritu el ir integrando las reglas de discernimiento propuestas por San Ignacio en los Ejercicios Espirituales para que seamos tan astutos como las ovejas al momento de escuchar la voz que nos llama, y podamos tener la astucia de reconocer y acoger la voz de Jesús.