Por Andrea Fischer
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Mateo 16,13-20
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”. “Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?”. Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”. Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías.
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Somos personas que vivimos en sociedad, que interactuamos constantemente con otros, incluso formamos parte de un movimiento comunitario, en donde la vida no se concibe sin otros. Es por lo mismo, por la dinámica de esta convivencia, que a todos nos importa saber que opina el resto de nosotros; sobretodo de la gente más cercana, nuestros amigos y familiares que nos conocen y quieren más, pues ¿quién más que ellos pueden ayudarnos a ser mejores personas y a llevar a cabo nuestros proyectos y anhelos?
Asimismo Jesús hombre necesitaba crear lazos, buscar y formar discípulos, amigos, compañeros que lo conocieran, quisieran y sobretodo que lo ayudaran a cumplir su misión en la tierra. Es así que a Jesús le importaba saber qué opinaban sus discípulos de Él, le importaba conocer la fe de sus aliados, le interesaba asegurarse que su muerte en cruz no sería en vano, que el imperio de la muerte no vencería. Actualmente la vida sigue triunfando y aunque han pasado miles de años, la pregunta sigue siendo legítima ¿quién decimos que es Jesús?
Al leer este evangelio nos hacemos testigos de la confianza que Jesús deposita en sus discípulos, que es la misma que continúa depositando en nosotros que seguimos día a día construyendo iglesia.
La invitación es a continuar este testimonio, un testimonio de amor, de entrega, de caridad, de muerte en cruz pero de vida eterna.
Por Eduardo Castillo
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Mateo 14, 22-33
En seguida, obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que él a la otra orilla, mientras él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. “Es un fantasma”, dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: “Tranquilícense, soy yo; no teman”. Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua”. “Ven”, le dijo Jesús. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”. En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante él, diciendo: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.
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Hace algún tiempo atrás tuve la oportunidad de conocer a una mujer. Ella era inmigrante peruana y madre de tres hijos. Estaba sentada a un costado de la Catedral viendo el día pasar, era Domingo y le correspondía su día de descanso semanal trabajando como asesora del hogar.
Después de conocer tantas personas en la plaza y alrededores de la Catedral es difícil poder recordar nombres, sin embargo su historia me marcó mucho. Ella llevaba algo más de dos años en Chile. En Perú la situación económica era difícil para poder sostener a la familia, por lo que tomó la difícil decisión de venirse a Santiago a buscar nuevas oportunidades que le pudieran brindar a sus hijos la posibilidad de seguir estudiando.
Me contaba que durante estos dos años, sólo había podido viajar a Perú dos veces. A finales de Diciembre se trasladaba hasta Arequipa para pasar la Navidad junto a su familia, teniendo que volver los primeros días de Enero. Lo que más le costaba, decía, era volver a dejar su hogar, sus hijos, sus familiares, su gente, para volver a una ciudad desconocida, con un clima distinto y personas distintas, muy lejos de lo que más amaba. Lo hacía por amor a sus hijos, creía en un futuro mejor.
Sin embargo más que llamarme la atención esa cruda historia, me marcó profundamente la inmensa o mejor dicho gigantesca fe que esta mujer tenía en su vida. Poco después me empezó a hablar con una sonrisa en el rostro, porque ella tenía la certeza de que Dios estaba con ella en aquella misión, tenía la esperanza de poder volver pronto y estar con sus hijos nuevamente y esta vez para siempre.
No obstante como toda mamá, a veces se sentía desolada y con mucha pena de estar lejos de sus hijos, pero persistía en la oración y sintiéndose acompañada por Jesús cobraba fuerzas para seguir adelante. De hecho un par de meses antes de que la conociera, su hijo había entrado a la universidad en Arequipa, ella obviamente no podía estar más contenta porque se empezaban a ver los frutos aquel gran esfuerzo alimentado por su misma fe, realmente ella caminaba sobre el agua…
Cuantas veces tal como aquella madre o como el mismo Pedro, nosotros nos sentimos llamados por Jesús para caminar sobre el agua. Es decir cosas que nos parecen imposibles, carentes de todo sentido o de probabilidades a nuestro favor y que necesitan de gran esfuerzo, aparecen en nuestra vida llamándonos a entregarnos con fe.
Siempre hay momentos en la vida donde pareciera ser que simplemente no vamos a poder continuar, nos sentimos frente a un callejón sin salida, ahogándonos poco a poco. Tal como cuando tenemos problemas en nuestras casas, problemas con nuestros amigos, semanas intensas en la universidad, problemas y miedos que afrontar.
En estos momentos de nuestras vidas como universitarios, debemos sentirnos llamados a hacer ese gran esfuerzo, creer que es Dios quien nos da la posibilidad y nos pide que estudiemos hoy, formándonos para servir mañana.
Vendrán esos momentos difíciles y es ahí justamente donde cobra todo su valor nuestra fe de Cristianos, sintiéndonos alentados por Dios, teniendo fe en que Jesús siempre nos acompaña y que cuando venga la tormenta, cuando tengamos que caminar sobre el agua, tal como lo hizo aquella madre de tres hijos, Él estará ahí por si necesitamos de sus manos para no ahogarnos y mantenernos finalmente caminando…