Por Andrea Fischer
apfische@gmail.com
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Mateo 13, 1-23
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Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: “El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!”. Los discípulos se acercaron y le dijeron: “¿Por qué les hablas por medio de parábolas?”. El les respondió: “A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure. Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron. Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino. El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe. El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno”. |
Muchos piensan que para sembrar sólo se necesita un sembrador, tierra, semillas y agua. Bueno la cosa no es tan simple, cualquier agricultor nos puede contar el largo proceso por el cual toda tierra debe pasar para ser sembrada: el tiempo de descanso, la fertilización, la limpieza, el arado, etc. También existen muchas técnicas de sembrado que sin duda dependen del tipo de tierra, tipo de semilla, de la época del año, del propósito de la plantación, de las condiciones climáticas, entre otras.
Asimismo como las tierras nuestros corazones son diversos en características, y por lo mismo necesitan tener libertad para escoger los tratamientos, semillas y riegos específicos que se requieran. Quienes no hacen uso de su poder de elección para preparar sus tierras, suelen ser los que esperan pasivamente que sus corazones se transformen mágicamente en tierras buenas y fértiles. Quizás esperan cómodamente que el sembrador prepare la tierra por ellos, sin darse cuenta que desde nuestro bautismo el Sembrador ya tiene la tierra dispuesta a ser sembrada y que el trabajo ahora nos corresponde. Quién mejor que nosotros mismos sabemos las falencias y debilidades de nuestros territorios, quién más que nosotros sabemos en qué parte hay que limpiar el terreno de piedras y espinas, quién más que nosotros mismos debemos saber buscar las herramientas necesarias para que podamos prepararnos para que Jesús pueda sembrar libremente en cada uno de nosotros. Unos necesitarán rezar, otros cantar, otros caminar, otros comulgar, otros misionar, otros leer, otros silencio, otros conversar, otros meditar, otros trabajar… ¿y tú qué necesitas?
…Llegó la hora de dar frutos, no importa si cien, sesenta o treinta, sólo importa que demos nuestro máximo, pues el Sembrador ya esparció las semillas hace miles de años, está en nosotros que ésta no se extinga.
Por Pablo Romero sj
promerosj@gmail.com
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Mateo 10, 26-33
No les teman. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo. Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.
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“¡No- tenemos- miedo!”
Cuentan que fue en 1978. Catedral de Santiago. Al Cardenal Silva Henríquez, en los peores años de la dictadura, se le ocurrió organizar un Simposio Internacional de Derechos humanos. Insólito atrevimiento para la época.
Exponía el Cardenal Arzobispo de Sao Paulo, Paulo Evaristo Arns, gran promotor y defensor de los pobres. En un momento de su exposición una persona se le acerca, lo interrumpe y al oído le advierte que se han dado cuenta de la presencia de agentes de inteligencia en medio de la gente. El Cardenal Arns se queda un momento en silencio y luego le cuenta a la asamblea reunida que le acaban de avisar de la presencia de gente de la CNI.
Luego del murmullo y en medio de la inquietud el Pastor dice que se tomen todos de la mano. “Con firmeza”, dice. “Todos de la mano… Y ahora repitan conmigo lentamente: No- tenemos- miedo… No- tenemos- miedo”. “Más fuerte”, pide Don Paulo: “¡No- tenemos -miedo! ¡No- tenemos- miedo!”. “Más firme, con fe: ¡No- tenemos- miedo!”.
Cuentan que muchos entendieron el evangelio esa tarde. Sobraron las palabras de ahí en adelante. El cristianismo había entregado una buena noticia a ese millar de gente reunida en pleno centro de Santiago.
“No teman a los hombres”, dijo Jesús a sus apóstoles. “No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”, precisó. “No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros y ni uno solo de ellos cae en tierra sin el consentimiento de nuestro Padre”.
¿Qué podríamos decir hoy? ¿Frente a qué o quiénes debiéramos tomarnos de las manos con firmeza y proclamar lo que Jesús y Don Paulo nos enseñan? ¿Dónde nos debiéramos reunir para ello?
No sé si hayan perseguidores tan claros como hace años (¡o ahora sí que están fondeados!). Pero de que los hay los hay. Sino cómo explicar los grados de angustias y depresiones actuales entre nosotros. Cómo explicar que hagamos lo que no queremos hacer y no hagamos lo que queremos. ¿A qué o quiénes tememos?
Parece que tenemos que partir por desnudar a esos “agente de inteligencia” que siguen presentes en nuestra sociedad y que bien introyectados están dentro de nosotros. Para después lo que hemos escuchado lo proclamemos “desde lo alto de las casas”: “No- tenemos- miedo”.