Por Andrea Fischer
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Mateo 7, 21-27
| No son los que me dicen: ‘Señor, Señor’, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Muchos me dirán en aquel día: ‘Señor, Señor, ¿acaso no profetizamos en tu Nombre? ¿No expulsamos a los demonios e hicimos muchos milagros en tu Nombre?’. Entonces yo les manifestaré: ‘Jamás los conocí; apártense de mí, ustedes, los que hacen el mal’. Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande”. |
Te aseguro que alguna vez te ha pasado que caminando por algún lugar ves a la distancia a alguien conocido, y al acercarse lo saludas con el típico gesto “hola ¿qué tal?” y esta persona sin reconocerte ni inmutarse sigue de largo. Pues ¿te acuerdas cómo te sentiste? Ese sentimiento de arrepentimiento de haberlo saludado, con un dejo de vergüenza y un poco de rabia por su indiferencia. Ahora trata de imaginar cómo podrías llegar a sentirte si el mismo Jesús no te reconociera cuando pasaras a su lado. Ese hombre que toda la vida te ha conocido tan bien y siempre sabe qué te pasa, ese hombre que es amor y perdón, ese hombre que necesita de ti, ese hombre que murió por ti…
La pregunta nace instantáneamente ¿Por qué no me ha podido reconocer? El evangelio de hoy nos ayuda a responder esta inquietud. Jesús vino a la tierra para mostrarnos la voluntad del Padre y enseñarnos cómo obtener la vida eterna, pero nuestra libertad humana nos da la opción de tomar o dejar sus palabras. Quienes decimos haber optado por Él debemos saber que no basta sólo haberlo escuchado, pues si realmente queremos ser reconocidos necesitamos ser hombres sensatos y ponerlas en práctica.
Jesús es nuestra roca firme y la fe es nuestro cimiento, sin éstas todas nuestras construcciones terminarían en el suelo siendo grandes ruinas. Jesús no nos asegura que construir sobre roca es fácil, probablemente requiere de más tiempo e inversión. Jesús no nos asegura que no caerán grandes tempestades sobre nuestras construcciones, pues sin duda en variadas ocasiones los fuertes vientos, grandes olas y copiosas lluvias se azotarán contra nuestras construcciones. Pero Jesús nos promete que al haber construido sobre roca podemos tener certeza que en cada momento de dificultad existe una fuerza segura e inamovible en la que podemos confiar.
¿Qué te falta para comenzar tu construcción segura y ser reconocido por Él?
Por Juan Cristóbal Pasini sj.
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Mateo 6,24-34.
| Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero. Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: ‘¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?’. Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. |
La semana pasada celebramos, como Iglesia, la fiesta de la Santísima Trinidad. Una de las cosas centrales del misterio de la Trinidad es que cada una de las tres personas que la compone tiene una característica particular. Así, el Padre es Padre porque tiene un Hijo; el Hijo es Hijo porque es engendrado por un Padre; el Espíritu es quien permite la relación entre las personas. En este sentido, cuando rezamos no da lo mismo a cuál de las tres personas nos dirigimos.
Lo importante, es que cada una de estas personas, desde su particularidad, colabora en la formación de este Misterio. De esta manera, lo más propio de la Trinidad, es la comunión entre las personas. Si esto es así, no cabe más que acoger, como cristianos, la invitación a vivir la fe en comunión y no de una manera aislada.
El otro, tiene algo que decirme. El otro, me puede hacer más persona. El otro me puede hacer más pleno… me puede constituir como persona.
La invitación de este domingo, es a seguir profundizando en el misterio de la comunión: el pan bajado del cielo sacia el hambre del pueblo en un momento de desesperación. En Jesús se supera esta imagen: el pan es el alimento por el cual Jesús nos enseñó a hacer comunión. Sin embargo, este misterio se hace aún más fuerte cuando caemos en la cuenta que Jesús mismo se hace llamar “Pan vivo bajado del cielo”. Así, Jesús no sólo llama a la comunión, sino también El mismo se hace comunión.
El pan de vida nos da la posibilidad de vivir hoy la plenitud ofrecida por Jesús, porque nos invita precisamente, a vivir en comunión.