POSTEOS EN LA CATEROGIA ‘Alvaro Roselló’

Cuestión de actitud

por Alvaro Roselló

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No se ustedes, pero a mi desde el primer año de universidad que mis iluminados profesores me hablaron de un peculiar fenómeno social llamado “cambio”.

Para un estudiante de ingeniería comercial, aprender sobre los principios y la gestión del cambio es algo fundamental: si no sabes manejarte en un mercado dinámico y vertiginoso dentro de un mundo globalizado, es mejor que escondas la cabeza en un agujero.

Puedes encontrar un montón de autores especializados en el tema, que hablen en sus libros y papers acerca del fenómeno del cambio, y más ahora, que basta con googlear “cambio” y tendrás cerca de 147.000.000 resultados que contienen esta palabra. Sin embargo, a medida que vas encontrando más información sobre el tema, más complejo se hace el tratar de abarcar este concepto de una forma simple y sencilla. Entendible para el resto de los mortales que no estudiaron ingeniería comercial.

Heráclito ya lo intuía: Lo único constante es el cambio. Mercedes Sosa nos habló acerca de que cambia lo superficial y también lo profundo, en fin, todo cambia.

Lo curioso es que mientras más contacto tenemos con esto del cambio, más rechazo (o al menos, respeto) le tenemos. Sobretodo en un país como el nuestro, que tiene una singular historia de cambios políticos, económicos y sociales (bastante violentos, por lo demás) que han dejado grandes marcas en nuestra cultura.

El trasandino Enrique Santos Discépolo ya nos hablaba de que el problemático y febril siglo veinte gritaba por un cambalache ante tal despliegue de maldá insolente.

Y ante tanta información, discusión y citas célebres sobre el tema, me dí cuenta que se habla mucho sobre el cambio, que existe una enormidad de información del tema a la mano, pero que al final del día no tenemos más que nuestra propia experiencia para confrontar los procesos de cambio del día a día, es decir, al cambio lo enfrentamos “con lo puesto”.

El cambio es un fenómeno social, pero que lo enfrenta cada uno de manera personal y única, donde no tan sólo se pone en juego lo que sabemos sobre éste, sino que además nuestros valores, nuestra experiencia y nuestra forma de ver la vida. Podremos mirar para el lado para saber qué hacer o a qué atenernos, pero siempre cuando nos llegue la pelota del cambio, uno mismo es el que debe patearla. Por lo tanto, para salir bien parado de este huracán llamado cambio, no es cuestión de cuánto sepas sobre él; es simplemente una cuestión de actitud.

Entonces, ¿cual sería la actitud para vivir este fenómeno?

Allá en el siglo XVIII, el poeta alemán Novalis nos ilumina con una frase que nos da una pista esencial para responder esta pregunta:

“¿Adónde, pues nos dirigimos? Nosotros siempre vamos hacia casa”

Cuando es hora de partir una vez más y buscar un mundo nuevo, enfrentarnos al cambio, aparece en nuestro inconsciente la imagen del peregrino.

El peregrino es el modelo del cambio, que ignora las respuestas a las interrogantes más profundas de la vida, pero que al mismo tiempo no espera que estas respuestas lleguen solas, sino que se pone en marcha para encontrarlas, alejándose de lo conocido y lo rutinario para encontrar su vitalidad. Se despoja de todo lo que lo ata a lo antiguo y se pone en camino hacia lo nuevo, lo inexplorado.

El peregrino no le hace el quite a la dificultad, ni tampoco escapa de su pasado. En su morral lleva todas sus experiencias: felicidades, sueños, virtudes, como también sus angustias, penas y dificultades. Se hace cargo de ellas, para en el camino poder enfrentarse a las dificultades que se presenten, y así ir avanzando, ir creciendo.

Sin embargo, el peregrino tiene una característica particular que lo define: la certeza absoluta de que todo lo que lleva en su morral, toda su vida, incluso los caminos por los que recorre, ha sido regalado, y todo lo que es gratuito, es de Dios. De ahí la claridad de dondequiera que vaya, siempre estará yendo hacia casa, ya que el peregrino siempre está en búsqueda de Dios. Ese Dios que le ama profundamente, y le ha regalado todo lo que tiene y todo lo que es.

Es esta la gran motivación del peregrino y lo pone en una búsqueda incansable de la voluntad de Dios, tratando de buscar la manera de cómo poder prestarle el mayor servicio, el más adecuado, el más perfecto en cada momento y situación: en todas las cosas amar y servir. Es un modo de vida que se vive en la historia, desde la historia, transforma la historia.

Los que más deseen afectarse y señalarse en servicio de Dios[1] deberán imitar al peregrino, quien pone toda su vida y su confianza delante de ese Padre que nos conoce desde el vientre materno, nos ama profundamente y nos invita a ponernos en marcha, desafiándonos a ser hombres y mujeres que se hagan parte del cambio, transformando los caminos del mundo. Dios nos será propicio en nuestro andar.

¿Cuál es la actitud?

Solo y a pie. Siempre dirigiéndose hacia casa.


[1] Ejercicios Espirituales, Nº 97