Son varias las cosas que rescato de mi experiencia en Campamento de Formación. Una de las cosas clave fue reencontrarme con el movimiento, con una CVX joven nacional, llena de vida y compromiso, pudiendo concretizar la idea de ser cuerpo y ponerme al servicio de ella donde más se necesite.
La experiencia con las familias de Tirúa me enseñó a aprender a gustar de las cosas simples que tiene la vida, a vivir de lo sencillo y ser feliz a partir de lo que tenemos. Sin embargo, la palabra presente en toda mi experiencia fue valorar.
Aprendí a valorar la vida en el campo, a ver todo el esfuerzo y sacrificio que pone la gente para salir adelante, valoré la sencillez y amor que las personas expresan en cada gesto. Supe valorar también las oportunidades que tenemos y que se nos presentan día a día y que muchas veces no la vemos. Valoré a la familia y el paso del Señor en cada una de las personas que la componen. Y sobretodo escuchar al Señor a través de los otros.
Por último, agradezco, a Adolfo y Cecilia, mi familia en Tirúa, por acogerme con tanta gratuitad, ternura y generosidad, por ayudarme a crecer y hacer que esta experiencia haya sido tan enriquecedora para mí.
Me pidieron escribir algunas líneas sobre mi experiencia en el Campamento de Formación a comienzos de este año. Los cinco días en lo que conviví con dos cevequianos más en la casa de una familia mapuche significaron para mí encontrarme con algo así como “El Dios de la Sorpresa”.
Recuerdo cuando en una reunión antes de partir a Tirúa mi asesor me recomendaba tener cuidado con las expectativas y que me dejara sorprender por Dios. Y eso fue justamente lo que me sucedió. Yo iba, de cierta manera, a demostrar que el trabajo que me tocara hacer sí me lo podía pero la familia que nos designaron no tenía la misma idea. Ellos querían estar con nosotros, regaloneándonos no desde el trabajo-manual sino desde el simple compartir. Visitar a los familiares, a los amigos, caminar por los cerros que subían y bajaban, hacer vida de casa, comiendo juntos, viendo películas, etc. Venía con una idea tan pre-meditada que al encontrarme con la realidad, me costó un poco ajustarme a lo que la familia estaba demandando. Pero que no parezca que no hubo gratuidad y libertad, porque sí la hubo. Era tan tranquilo y silente el lugar en el que nos encontrábamos que las oraciones con el resto de la familia y personales se llevaban con una delicadeza y riqueza que se echan de menos en la ciudad. Para mí fue una ayuda para evaluar el año que recién había terminado y proyectar el que estaba empezando. Sin embargo, esta gracia no se dio en vano y la antífona del salmo 94 (que rezamos uno de los días en Concepción):”Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la roca que nos salva. Aleluya” es un continuo desafío a explicitar el amor de ese Dios que se comparte y sorprende.