10/08/08 - Mt 14, 22-33 - Eduardo Castillo
Hace algún tiempo atrás tuve la oportunidad de conocer a una mujer. Ella era inmigrante peruana y madre de tres hijos. Estaba sentada a un costado de la Catedral viendo el día pasar, era Domingo y le correspondía su día de descanso semanal trabajando como asesora del hogar.
Después de conocer tantas personas en la plaza y alrededores de la Catedral es difícil poder recordar nombres, sin embargo su historia me marcó mucho. Ella llevaba algo más de dos años en Chile. En Perú la situación económica era difícil para poder sostener a la familia, por lo que tomó la difícil decisión de venirse a Santiago a buscar nuevas oportunidades que le pudieran brindar a sus hijos la posibilidad de seguir estudiando.
Me contaba que durante estos dos años, sólo había podido viajar a Perú dos veces. A finales de Diciembre se trasladaba hasta Arequipa para pasar la Navidad junto a su familia, teniendo que volver los primeros días de Enero. Lo que más le costaba, decía, era volver a dejar su hogar, sus hijos, sus familiares, su gente, para volver a una ciudad desconocida, con un clima distinto y personas distintas, muy lejos de lo que más amaba. Lo hacía por amor a sus hijos, creía en un futuro mejor.
Sin embargo más que llamarme la atención esa cruda historia, me marcó profundamente la inmensa o mejor dicho gigantesca fe que esta mujer tenía en su vida. Poco después me empezó a hablar con una sonrisa en el rostro, porque ella tenía la certeza de que Dios estaba con ella en aquella misión, tenía la esperanza de poder volver pronto y estar con sus hijos nuevamente y esta vez para siempre.
No obstante como toda mamá, a veces se sentía desolada y con mucha pena de estar lejos de sus hijos, pero persistía en la oración y sintiéndose acompañada por Jesús cobraba fuerzas para seguir adelante. De hecho un par de meses antes de que la conociera, su hijo había entrado a la universidad en Arequipa, ella obviamente no podía estar más contenta porque se empezaban a ver los frutos aquel gran esfuerzo alimentado por su misma fe, realmente ella caminaba sobre el agua…
Cuantas veces tal como aquella madre o como el mismo Pedro, nosotros nos sentimos llamados por Jesús para caminar sobre el agua. Es decir cosas que nos parecen imposibles, carentes de todo sentido o de probabilidades a nuestro favor y que necesitan de gran esfuerzo, aparecen en nuestra vida llamándonos a entregarnos con fe.
Siempre hay momentos en la vida donde pareciera ser que simplemente no vamos a poder continuar, nos sentimos frente a un callejón sin salida, ahogándonos poco a poco. Tal como cuando tenemos problemas en nuestras casas, problemas con nuestros amigos, semanas intensas en la universidad, problemas y miedos que afrontar.
En estos momentos de nuestras vidas como universitarios, debemos sentirnos llamados a hacer ese gran esfuerzo, creer que es Dios quien nos da la posibilidad y nos pide que estudiemos hoy, formándonos para servir mañana.
Vendrán esos momentos difíciles y es ahí justamente donde cobra todo su valor nuestra fe de Cristianos, sintiéndonos alentados por Dios, teniendo fe en que Jesús siempre nos acompaña y que cuando venga la tormenta, cuando tengamos que caminar sobre el agua, tal como lo hizo aquella madre de tres hijos, Él estará ahí por si necesitamos de sus manos para no ahogarnos y mantenernos finalmente caminando…






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