05/10/08 - Mt 21,33-46 - Gabriel Roblero sj.

Mateo 21, 33-46.

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La imagen de la viña que hablan las lecturas es poderosa en su mensaje. Es una imagen llena de significado. La viña es el pueblo de Dios, el pueblo de Israel, el pueblo de la Alianza, que después de quedar libre de su cautiverio en Egipto caminó por el desierto hasta llegar al lugar de la tierra prometida, aquel lugar en una loma fértil. En ese es el lugar que Dios limpió de piedras, y plantó con semillas escogidas.

El dueño de la viña, Dios, ha entregado su administración a la humanidad para que la cuiden y produzcan frutos. Sin embargo, ha pasado todo lo contrario al plan de Dios: los trabajadores se apoderan de la viña y van asesinando a los servidores que envía el propietario. Al final el propietario envía a su propio hijo, pero los viñadores también lo asesinan. La referencia es claramente al mismo Jesús, el Hijo de Dios, que enseña  cómo comportarse de modo plenamente humano en la vida.

¿Cuál es el problema que está detrás de esto? El problema es la lógica deficiente de los viñadores. Producto del pecado quieren quedarse con la historia y construirla a su manera. Esto es lo que está lucidamente descrito por el profeta Isaías: “¡El esperó de ellos equidad, pero hay efusión de sangre, esperó justicia, y hay gritos de angustia”.

¿No son palabras del profeta también una descripción del tiempo que vivimos? ¿No son también una descripción del presente?

Busquemos signos de injusticia y de angustia que ahoga a nuestra sociedad. No nos demoramos mucho en encontrarlos. La enorme brecha que hay entre ricos y pobres, la cada vez más injusta distribución de ingresos entre ricos y pobres. Lo que produce el tráfico de armas y el tráfico de drogas, ahogan y parece matar el plan que Dios tiene para su viña. La historia de la humanidad habla por sí sola. Cada vez que nos alejamos de la alianza con Dios, cada vez que rechazamos a Dios como el dueño de la historia, y la humanidad construye la historia a su medida, se destruye a sí misma.

¿Qué hay que hacer entonces?  San Pablo lo deja en claro: pongan en práctica lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto, y el Dios de la paz estará con ustedes. Para Dios no hay camino intermedio. El camino es reconocer a Jesús y su enseñanza como el modo verdaderamente humano de vivir. Jesús como la vida que Dios quiere para nosotros. Esta es la piedra que rechazaron, y  ha llegado a ser la piedra angular.

El Evangelio tiene una promesa de esperanza. Dice Jesús: les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos. Pero así como es promesa de esperanza, tiene una exigencia. Dios espera frutos de nosotros, espera que seamos la viña que produzca frutos dignos del reino de Dios.

¿Qué tenemos que hacer para producir frutos dignos del Reino?

Lo primero es reconocer que el Hijo del dueño de la viña está presente en medio nuestro. Jesús vive su resurrección en medio nuestro. Hay lugares en que Jesús se muestra y manifiesta. Lugares que tenemos que buscar y encontrar. Y ya está dicho por el mismo Jesús: lo que hacen a los más pequeños e indefensos a mí me lo hacen. Jesús se identifica con el Pobre. No podemos olvidar que el Pobre es Cristo.

Lo segundo. Es en la comunión personal con Dios, vivo y presente, en Jesús Resucitado, de donde sacamos la fuerza para vivir y luchar con un corazón reconciliado. Y en un mundo marcado por la violencia y la discordia, el camino para producir frutos del Reino es la conversión a la reconciliación y la confianza. Vivir la fe en Dios es reconocer que Dios está en cada ser humano. Fuimos todos creados por Dios para cultivar la viña. Si nos miramos como hermanos, eso devuelve la confianza. Lo que termina con la desigualdad y la injusticia es la confianza.

Para comenzar a dar buenos frutos del reino… cómo comenzamos a generar confianza en el mundo. No nos desanimemos por la complejidad de los problemas. No olvidemos que podemos comenzar con poco. En situaciones de conflictos, de desigualdad, es bueno preguntarnos si sabemos escuchar al otro, si somos reflejo de la compasión de Dios. Este es un buen camino para empezar. Y no olvidemos que la cercanía con los pobres nos lleva a luchar por la dignidad de los seres humanos.

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Por Gabriel Roblero sj

groblerosj@gmail.com

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