Domingo 4 de octubre: Lo que Dios ha unido
por Gabriel Roblero sj
El Evangelio está en un contexto de polémica. Nuevamente los fariseos hicieron una pregunta a Jesús para ponerlo a prueba. La doctrina de los fariseos señalaba que el marido podía repudiar a su mujer cuando él quisiera simplemente dándole una declaración de repudio. Lo fundamentaban con un texto del libro del Deuteronomio (24,1-3), que está en boca de Moisés.
Lo importante es saber que esta es una norma para los hombres: son ellos lo que tienen derechos; nunca las mujeres. En la práctica, en el tiempo de Jesús el divorcio estaba mal viso. Pero en cualquier caso se trata claramente de un derecho masculino, en el cual la mujer se considera de alguna manera “propiedad del varón”.
Jesús para rebatirlos se remonta a la más profunda concepción, la voluntad primera de Dios, expresada en el Génesis: “Dios los hizo varón y mujer” (Gen 1, 27), que muestra la igualdad entre los dos. “Los dos no serán sino una sola carne”, lo que muestra la unidad de la pareja.
Entonces, cuando Jesús dice “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” condena una vez más la mala práctica de los fariseos y doctores de la ley que tratan de interpretar con habilidad la Escritura sacándola de su sentido original para hacerla servir sus propios intereses.
En el Evangelio, Jesús sale en defensa de la mujer diciendo que el varón que la repudia comete adulterio contra ella. Esta es una formulación importante porque enfatiza la ofensa del varón contra la mujer indefensa. Y además inmediatamente afirma lo mismo para la mujer; es decir, se pone en igualdad de obligaciones a los dos sexos o géneros, volviendo a la concepción primera del Génesis, lo que Dios quiere que el hombre y la mujer vivan.
Y así llegamos al matrimonio cristiano. La unión de la pareja se funda en el amor mutuo, no en la conveniencia social, tampoco en intereses familiares, ni tampoco sólo en la atracción corporal. El amor cristiano se diferencia radicalmente de la conveniencia y del enamoramiento.
La Iglesia entiende el matrimonio como sacramento, es decir como manifestación de Dios, como lugar de la presencia activa de Dios, como signo vivo y eficaz del amor de Dios. Tenemos la tentación de entender como sacramento la ceremonia del casamiento. Esto es muy insuficiente. Es el estado matrimonial el que es sacramento, lugar de ver a Dios, presencia del amor encarnado.
Todo esto suena hermoso, pero muchas veces contradictorio con situaciones que se viven hoy. En la vida real se dan muchas situaciones inevitables: parejas mal construidas desde el principio, incompatibilidad descubierta a lo largo del tiempo, la debilidad, las diferentes y difíciles etapas de la vida.
En un mundo en el que, cada vez más, la sólo la vivencia sexual se pone por encima del amor en vez de expresarlo, y en el que las parejas se constituyen más por intereses o deseos ocasionales, la Iglesia mantiene el ideal de la pareja por amor, como una de las mayores, más positivas y más humanizadoras manifestaciones del ser humano, llevado más allá de cualquier comportamiento egoísta o mezquino.
Las palabras de Jesús: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”, nos invitan a defender sin ambigüedad la exigencia de fidelidad que encierra el matrimonio.
Pero también, hoy la Iglesia, como Pueblo de Dios, está sintiendo más que nunca que no se puede hacer del ideal una exigencia exclusiva y que debe ser posible una situación ante Dios y en la Iglesia, cuando lo ideal no ha sido de hecho realizable.
Como cristianos no podemos rechazar ni marginar a las parejas que han sido víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido experiencias muy amargas.
En este tema también hay un llamado a las parejas que están preparando su matrimonio, que están en un tiempo de noviazgo. No podremos tener familias estables y unidas, si no se viven dos actitudes esenciales:
1.- El sentido de la fidelidad a los compromisos adquiridos y la palabra empeñada, en todos los ámbitos de la vida, como valor de fidelidad. Esto no es fácil ni obvio en un mundo donde todo parece que es desechable y que se puede sustituir de acuerdo a las ganas y caprichos personales.
2.- Tenemos que vivir una comprensión de la sexualidad con toda su riqueza, seriedad y profundidad, sin que se le quite su importancia. La vivencia de la sexualidad no es otro deporte extremo, sino que es la expresión profunda del amor fiel a las personas, de modo especial con quien uno quiere consagrar ese amor (y esto tanto para la vida de pareja como para la vida religiosa).
Que podamos vivir estos valores y que nuestra vida sea expresión de compromiso y de fidelidad.
Que así sea, amén.






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